EL DERECHO PENAL COMO EXCUSA DE LOS GOBIERNOS TORPES E INCAPACES
Hay
dos tipos de Gobierno a los que les encanta legislar a golpe de derecho
penal: los de los regímenes dictatoriales, que se basan en la negación
de los derechos democráticos y la consiguiente represión de los mismos, y
aquellos que -aun cuando de origen formalmente democrático- acuden a la
expansión del derecho penal ante su incapacidad de resolver los
problemas sociales, o su torpeza en gestionarlos. El gobierno que
venimos padeciendo quiere inscribirse en ésta última categoría, a tenor
del anuncio realizado por el ministro del Interior hace unas semanas de
la voluntad del gobierno de reformar el Código Penal para endurecer las
penas y crear nuevas figuras delictivas en los llamados delitos contra
el orden público. Ha utilizado como excusa los incidentes puntuales
ocurridos en Barcelona tras el 29-M. Pero ya hizo insinuaciones en tal
sentido tras la patente torpeza gubernativa en la gestión de las
anteriores manifestaciones en principio de origen estudiantil en
Valencia. Digo excusa porque cualquiera que conozca la regulación
actual del Código Penal sabe que sanciona –y con graves penas- a quienes
participen en una manifestación provocando lesiones a las personas,
daños en las propiedades, u obstaculizando las vías públicas de manera
peligrosa para quienes circulan por ellas (delito de desórdenes
públicos, art. 557 CP, hasta tres años de prisión), o a quienes en tales
actos agredan a la policía (delito de atentado, arts. 550 y 551.1 CP,
hasta tres años de prisión), o, más aún, si la agresión a la policía se
hace con armas u otro medio peligroso (hasta cuatro años y seis meses de
prisión, art. 552 CP). Desde luego, si en Barcelona se produjeron
hechos delictivos como los aludidos por el ministro del Interior, no
puede decirse sin faltar a la verdad que con la regulación actual del
Código Penal la policía carezca de instrumentos legales para detener y
poner a disposición judicial a los autores de tales hechos. Otra
cosa es que el gobierno quiera aprovecharse de incidentes puntuales
protagonizados por una minoría para criminalizar el propio ejercicio del
derecho de manifestación: haciendo una legislación penal de excepción
cuando tales conductas de extralimitación no son en modo alguno la
regla; o resucitando el derecho penal de autor del régimen nazi con el
castigo penal de quienes convoquen manifestaciones a través de Internet o
las redes sociales que después deriven en actos violentos; amén de
otros disparates jurídicos cuyo comentario excede el propósito de este
escrito. Pero más allá de lo expuesto, resulta especialmente
preocupante que el ministro del Interior haya dicho que se pretende
equiparar la mera resistencia pasiva al delito de atentado, porque
-pendientes de la concreción final de la anunciada reforma- se pretende
intimidarnos en el ejercicio del derecho fundamental de reunión y
manifestación –seguramente ante la que se le viene al gobierno encima-,
criminalizando la esencia misma de tal derecho que se expresa a través
de la resistencia pacífica no violenta. Desde Gandhi, pasando por Martin
Luther King, y llegando a las expresiones actuales mayoritarias de las
manifestaciones ciudadanas, la resistencia pacífica propia de la
desobediencia civil constituye un derecho inalienable de las personas
que, ni debe ser restringido por ningún gobierno, ni podrá serlo por el
actual, porque ya nos encargaremos los ciudadanos y ciudadanas de este
país de impedirlo. Tenemos memoria. Nunca la represión penal ha
servido contra la desobediencia civil, que ya fue empleada con éxito
hace ya más de dos décadas por el movimiento antimilitarista y de
objeción de conciencia en el Estado español: sucesivos gobiernos
endurecieron la represión penal de la objeción de conciencia, pero no
sólo no la eliminaron, sino que consiguieron su incremento hasta que
finalmente otro gobierno –curiosamente del mismo signo que el actual-
hubo de poner fin al servicio militar obligatorio. Frente a la
pretensión del gobierno actual de restringir el derecho de reunión y
manifestación, a los ciudadanos y ciudadanas titulares de tal derecho
nos corresponde ejercerlo, hoy más que nunca, porque la grave crisis
económica que padecemos -pese a no haberla creado-, y las medidas del
gobierno para afrontarla restringiendo derechos sociales y económicos de
la mayoría de la población, imponen que expresemos una amplia respuesta
de dignidad ciudadana. Ni este gobierno, ni ningún otro, va a impedir
que expresemos pacíficamente nuestra indignación en nuestras calles y
plazas.
Juan María Expósito Rubio. Abogado. Ciudadano progresivamente indignado.
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